viernes, 4 de septiembre de 2015

Una ventana. Cualquier ventana.


Está adentro de mi cabeza. Fueron las últimas palabras que me dijo cuando finalmente desvió la mirada de la ventana y me miró con aquellos ojos cafés tan suyos y tan de nadie antes de recargar su espalda en la pared y dejarse caer para luego perderse en las cavilaciones que ya casi me sabía de memoria.
           Estaba cansada, tenía sueño y no tenía tiempo para el espectáculo que se aproximaba. No había desayunado y mi estómago comenzaba a hacer sonidos todo menos sutiles. -Vámonos- Insistí. -Vámonos, que hoy no hay tiempo para esto.- Me miró primero perpleja, luego ofendida. -Vete tú. A mí el tiempo me sobra.- Lo dijo con tal irreverencia que me dieron ganas de ir y darle una bofetada, o al menos ganas de ir y sacudirla. Sabía que no me iría. Sabía que cuando se hacía esto, nos lo hacía a las dos, pero de todas maneras continuaba con el juego. Ahora dejaría de verme y miraría fijamente a la pared, como si hubiera algo más que ladrillos cubiertos a medias de cemento y una que otra varilla que se asomaba por la pared. Como si la pared tuviera las respuestas a sus preguntas y la cura para sus pesadillas. -Vámonos... - Insistí, haciendo un esfuerzo para que no notara que apretaba los dientes, que me tenía harta y que si no se paraba era capaz de ir y pararla de un tirón. - Aún no puedo- contestó. Lo hizo como lo haría una niña a la que instan a ir a la cama cuando no ha terminado de colorear el dibujo que va a regalar a sus padres. Sentí como mi pecho se entibió y algo entre ternura y melancolía me embargó. Ahora comenzaría a pensar en los niños que habíamos visto por la mañana trabajando en los semáforos y en sus caras sucias y sonrientes, luego se preguntaría porqué ella no tenía una de esas sonrisas y concluiría que había sido el baño de la mañana el que se la había robado. Después comenzaría a pensar en el beso que no le di por la mañana o el beso que le di a medias y de alguna manera encontraría la manera de convencerse de que yo había estado molesta todo el día y que seguramente hoy no quería quedarme para evitar terminar haciendo el amor sobre los escombros de aquel viejo edificio, porque obviamente ya no la quería. Se le olvidaba que para llegar al momento en el que hacíamos el amor, primero ella comenzaba a hablar cosas sin sentido hasta conseguir enfadarme y luego cuando notaba mi tono enfadado, comenzaba a levantar la voz y a decir esas cosas fatalistas que tanto le gusta repetir, entonces yo me enfadaría, habría silencios, miradas hostiles y llenas de resentimiento, luego ella comenzaría a sollozar y me acercaría a abrazarlas por los hombros, acercándola a mí hasta tener su frente a la altura de mis labios para besarla despacio. Entonces algo la invadiría y como poseída me pediría que le hiciera el amor. 
           Hoy no tenía ánimos para eso. Estaba cansada, no había dormido y por si fuera poco, tenía hambre. 
Sabía que si decía "vámonos" no se levantaría, al contrario, se acomodaría en otra posición, aún sobre el suelo, y su siguiente pensamiento sería de todas las cosas que no le salen bien, todas las cosas que le faltan y todo aquello para lo que no es suficiente. Luego trataría de convencerse de que ella es una mala influencia y que lo que mejor le sale es el desastre. Ahora risas. Yo no reiría. Entonces, ella me contaría qué es lo que estuvo pensando y pasaríamos un rato yo tratando de convencerla de que es perfecta para mi y ella empeñada en que todo apunta al lado contrario y que si digo que la quiero es porque yo misma no me he dado cuenta de lo que ella ya sabe y que es que la he dejado de querer. Entonces una de dos, o la abrazaré y le diré que es mi loca y que loca la quiero o me quedaré en silencio, desesperada y agotada por no saber como hacerla comprender que está equivocada y que ha estado viendo todo a través del cristal equivocado. Y así el hilo de sus pensamientos seguiría indefinidamente o hasta que le diera sueño o hasta que le diera frío y entonces tendría que quitarme el suéter y lo pondría sobre sus hombros, para luego caminar hasta la casa, porque a esas horas seguro ya no encontraríamos camión que nos llevara. 
          Como dije, estaba cansada. 
         -Te veo en la casa- dije, en lugar de seguir insistiendo. Me miró. Fue como si por unos segundos sus pensamientos se desajustaran y no tuviera idea de que estaba pasando. Luego volvió la mirada a la pared. Yo di media vuelta y me dirigía a las escaleras para luego bajar los nueve pisos antes de llegar a la calle. La esperaría en casa. Hoy no íbamos a pelear. Quizás en el camino me daban ganas de cocinar algo y entonces la esperaría en casa con una cena rica y la tina preparada para quitarle el frío con el que, seguramente, iba a regresar. No le dije nada de esto. Ella no regresó. 

Todavía no habían pasado setenta y dos horas desde que habíamos encontrado eso que ella llamaba felicidad en la cueva que habíamos construido con las sábanas de seiscientos hilos que le regalé para Navidad, cuando recibí la llamada. 
Una mujer de unos veintitantos años y de cabello castaño había brincado de la ventana de un noveno piso, eso o alguien la había empujado; ya habían iniciado la investigación. La mujer llevaba un recibo de la tintorería en el abrigo; es así como habían obtenido nuestro número. Necesitaban que yo fuera a identificar el cadáver. Terminé la conversación que pareció más bien una sucesión de afirmaciones y puse el auricular sobre la mesa. Su bufanda colgaba de la silla del otro lado de la sala. En el departamento nada había cambiado, pero de alguna manera era como si hubiera estado ausente durante meses. 
Entonces me di cuenta de lo que significaba eso que me decía el desconocido del otro lado del teléfono. Ella no volvería a casa hoy. Tampoco mañana. 

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